Bola de Nieve, el artista antes conocido como Ignacio Villa

Hay artistas geniales que emocionan con imágenes comunes. 

Los Beatles lo hicieron en “While My Guitar Gently Weeps”, cuando cantan “Miro al suelo y veo que hay que barrerlo”, y el cubano “Bola de Nieve” con la simple historia de un chivo que rompió un tambor.

Porque “Bola” tuvo la capacidad de estremecer con imágenes de las fiestas de babalaos y bembés de su Guanabacoa natal, un bucólico monasterio italiano, la vida rosa de París, o romances españoles.

Ignacio Villa (bautizado artísticamente como Bola de Nieve) tenía muchas cualidades para NO triunfar: pobre, negro, de voz apagada, gordo y homosexual.

Pero, resulta que no solo interpretaba el piano magistralmente, también reía y lloraba cuando cantaba sus propias canciones o versiones.

Así se convirtió en una figura singularísima que saltaba de la musicalidad occidental al folklore cubano y regresaba con el mismo embrujo y majestuosidad musical. 

El “Bola” nació el 11 de septiembre de 1911, en la villa de Guanabacoa. Su madre era ama de casa y su padre cocinaba en una fonda, la más humilde variante de un restaurante


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En su juventud tocaba el piano en sesiones de cine silente, y luego se integró a varios espectáculos de la Habana nocturna.

Se dice que una noche de 1933, cuando tenía solo 20 años, la diva Rita Montaner lo vio actuar y lo contrató, como acompañante para una gira por México, durante la cual “Bola” debutó como solista un día que la artista estuvo indispuesta y la sustituyó.

Aclamado por el público mexicano permaneció allí hasta  que regresó a Cuba, contratado por Ernesto Lecuona, uno de los más grandes compositores latinoamericanos de su época.

Después comenzó a cantar obras propias, muchas de ellas basadas en el folklore  cubano-africano.

Para 1950 ya tenía su programa propio en la cadena de radio CMQ , «El gran show de Bola de Nieve».

«Yo soy la canción»


Desde 1965, convertido en un “chansonnier” que cantaba en español y otros idiomas como el inglés (Be careful It’s My Heart), francés (La Vie en Rose) e italiano (Munasterio ‘e Santa Chiara), se instaló en el restaurante Monseigneur del barrio habanero de El Vedado.

La última vez que subió al escenario fue el 20 de agosto de 1971, en un homenaje a su mentora Rita Montaner. Murió ese mismo año por un problema cardíaco, en una escala en México, camino a Perú.

Pero todavía, algunos noctámbulos aseguran que al pasar de madrugada cerca del Monseigneur, cerrado al público y oscuro, escuchan las notas de un piano, y una voz estremecedora.

El juglar Carlos Varela recogió la leyenda urbana en su canción “Bola de Nieve”, en la que canta: “Y cuando cierran el Monseñor / Dicen que pasa algo raro / Por las paredes se oye una voz / Y tocan solas las teclas del piano”.

Varela brindó su ofrenda a una de las personalidades musicales significativas de La Habana bohemia de la década de los 50, y parte de la de los 60, aunque entonces ya se desdibujaba la nocturnidad de una ciudad que antes emulaba con el desvelo alegre de París.

El homenaje de Varela es significativo, porque ratifica que , varias generaciones después, se sigue escuchando al «Bola», la rumba pianística del chivo que rompe tambó, o la dulce petición de cariño de “Be Careful It´s My Heart”.

“Yo soy la canción”, dijo una vez Bola. Y sigue siéndolo para muchas almas sensibles.

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